Hay ciertos lugares donde el tiempo parece soltarse y vagar libremente, donde el incesante tictac de las notificaciones se desvanece con el vaivén de las mareas. Koh Samui, la joya de Tailandia bordeada de palmeras en el Golfo de Tailandia, es uno de esos santuarios únicos. Llegué a sus costas bañadas por el sol con una maleta, una libreta y una silenciosa sensación de inquietud. Mi teléfono, ese apéndice siempre exigente, estaba apagado y guardado en un bolsillo de mi mochila. Durante una semana, no revisaría el correo electrónico, ni las redes sociales, ni sucumbiría a la tiranía de las alertas de noticias. Dejaría que Samui —sus playas, templos y gente amable— transformara mi percepción de la naturaleza.
Primeras mañanas: Cambiando la luz azul por cielos azules
Mi hotel, SALA Samui Chaweng Beach Resort, El hotel se ubicaba justo en la fina media luna de la playa de Chaweng. Puedes buscarlo en Google Maps escribiendo: SALA Samui Chaweng Beach Resort. Las mañanas transcurrían con una lenta y dorada certeza. En lugar de coger el móvil, me encontraba con una taza de café local entre las manos, caminando descalza por la orilla mientras los rayos de sol danzaban sobre el agua.
Sin distracciones digitales, la sinfonía de la isla se hizo más fuerte: el susurro de las palmeras, la risa de los pescadores remendando las redes, el lejano tañido de una campana de templo. Cada detalle sensorial —el grano de arena entre los dedos de los pies, el aroma salado del aire marino— se convirtió en una pequeña y sagrada revelación.
Consejo: Si sientes la tentación de revisar tu teléfono "accidentalmente", déjalo en la caja fuerte del hotel y lleva una libreta. Deja que la isla llene las páginas en blanco.
Templos y tranquilidad: El arte de estar quieto
En mi segundo día, me subí a una moto alquilada (un rito de iniciación aquí; solo recuerda usar casco) y me dirigí a Templo Plai Laem. Puedes buscarlo en Google Maps escribiendo: Wat Plai Laem. Este templo a orillas del lago es un caleidoscopio de colores: murales intrincados, una deslumbrante estatua de Guanyin de dieciocho brazos y flores de loto flotando en la superficie del agua. Me quité las sandalias y me senté en silencio, observando a los monjes vestidos con túnicas azafrán barrer los escalones.
Aquí, el tiempo fluía tan libremente como el lago mismo. Sin la necesidad de compartir ni documentar, cada instante se expandía, rico y pausado. Me di cuenta de cuánto de mis viajes se había convertido en una mera puesta en escena: tomar fotos para los demás, sin ver realmente por mí misma.
Perspectiva cultural: Templos en Samui, como Wat Plai Laem y sus alrededores Wat Phra Yai (Templo del Gran Buda) (Buscar: Wat Phra Yai), están abiertos a los visitantes, pero vístase con respeto: cúbrase los hombros y las rodillas, y deje sus zapatos en la entrada.
Alimentación consciente: del caos del mercado a la calma de la isla
La gastronomía de Samui es un festín para los sentidos. Una tarde, me dediqué a pasear por Calle peatonal del pueblo de pescadores (Busca: Fisherman's Village Walking Street), un mercado nocturno de los viernes en Bophut, donde el aire vibra con el chisporroteo del satay y el aroma del arroz con mango. Comí despacio, saboreando cada bocado en lugar de sacar una foto para Instagram. El simple acto de comer se convirtió en una meditación.
En los días más tranquilos, encontré consuelo en El Club de la Jungla, Situado en lo alto de una colina con vistas a Chaweng Noi, The Jungle Club se encuentra en Google Maps. La vista panorámica, con un mar turquesa y colinas onduladas, se disfruta mejor con un coco en la mano y sin pantallas a la vista.
Consejo profesional: Mercados como el de Fisherman's Village se disfrutan mejor con poco dinero y la mente abierta. Pruebe el helado de coco local; es tan reconfortante como una nana en una tarde calurosa.
Días de playa: redescubriendo el aburrimiento
Las playas de Koh Samui —Chaweng, Lamai, Maenam— son un espectáculo de tonos azules y dorados. Pasé horas flotando en el mar en Playa de Maenam (Buscar: Playa Maenam), el ritmo de las olas me invitaba a reflexionar con mayor suavidad y lentitud. Al principio, me sentía inquieta. Sin podcasts ni listas de reproducción, el aburrimiento empezó a apoderarse de mí. Pero poco a poco, el aburrimiento dio paso a la curiosidad: observé cómo la luz del sol se reflejaba en el agua, las huellas de los cangrejos de arena, las risas de los niños locales que perseguían cometas.
Reflexión: Me di cuenta de que el aburrimiento no es un enemigo, sino una invitación: a observar, a descansar, a soñar.
La epifanía desenchufada: Lo que aprendí
Al final de la semana, me sentía más ligera: menos agobiada, más atenta a las pequeñas alegrías que me rodeaban. La desintoxicación digital no solo aquietó mi mente, sino que también profundizó mi presencia. Me encontré disfrutando de las conversaciones, saboreando las comidas y contemplando las puestas de sol con la reverencia que merecen.
Samui me enseñó que la conexión no se mide en señal Wi-Fi ni en mensajes sin leer. A veces, las conexiones más profundas surgen cuando te liberas: del teléfono, del miedo a perderte algo, de la necesidad de documentar y compartir. A veces, la isla solo quiere que la escuches.
Si vas:
– Viaja ligero: Trae una libreta, un buen libro y el corazón abierto.
– Disfruta del ritmo relajado de la isla: Los ferris y los autobuses funcionan con sus propios horarios; que esto sirva de lección de paciencia.
– Respeta las costumbres locales: Una sonrisa y un wai (saludo tradicional tailandés) son muy importantes.
– Deje espacio para el silencio: Los mayores tesoros de la isla se revelan en los momentos de tranquilidad.
Si anhelas desconectar, te recomiendo encarecidamente las tranquilas y soleadas playas de Koh Samui. Quizá descubras, entre el suave murmullo de las campanas de los templos y el arrullo de las olas, que el mundo es más amplio y maravilloso cuando estás plenamente presente.
-Zehua
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